|
En el año 1986, los entonces estudiantes de la vocacional tuvimos el privilegio de observar el cometa Halley. En aquel entonces, como parte de la Física del 12 grado se impartían algunos fundamentos de Astronomía, por lo que aquella ocasión se pintaba única para esperar con todos los honores y recursos (un viejo telescopio) al visitante cósmico. Con nuestro profesor de Astronomía a la cabeza y el telescopio como objeto de lujo, un grupo de estudiantes nos dimos a la tarea de esperar pacientemente la visualización del Halley, resistiendo estoicamente los picasos de los mosquitos en el horario nocturno. Nuestro profesor buscaba afanosamente la posición del cometa, el cual parecía no querer ser observado por tantos ojos; ya el desánimo nos rondaba cuando escuchamos el grito jubiloso "Eureka", allí está el cometa. En nuestra alegría no nos dimos cuenta que aquel cometa ni se movía, ni tenía cola: por el telescopio solo se observaba una gran bola de luz con una nitidez tal que ni el Hubble podría lograr. Después de satisfechas nuestras inquietudes astronómicas, nuestro profesor se retiró junto con su instrumento, no sin antes arengarnos de que habíamos sido testigo de un acontecimiento único en nuestras vidas, que no se repetiría en 75 años, y para aquel entones sabe Dios donde estaríamos. Pero siempre hay un jodedor, alguien que duda. A uno de nuestros compañeros se le ocurrió seguir la línea visual que supuestamente había unido al telescopio y el cometa y, !Oh, sorpresa!, el cometa Halley se transformó en una lámpara de mercurio. Nos habían pasado gato por liebre: en vez de cometa solo habíamos observado un bombillo. Desde aquel día nuestro profesor de astronomía quedó marcado por el telescopio, el cometa, y el bombillo.
|